jueves, 3 de mayo de 2012

Ética y otras ciencias

La vida es más fuerte que la muerte. El bien es más fuerte que el mal. El amor es más fuerte que el odio. La verdad es más fuerte que la mentira. (Benedicto XVI)




Definición de Ética
Definición y objeto de la Ética. La palabra «ética» deriva del término griego ethos que significa «costumbre», «modo habitual de obrar», «índole». Parecido sentido tiene el término latino mos del que deriva la palabra «moral». Sin entrar en los diversos matices semánticos que uno y otro término comportan y su relevancia filosófica, podemos afirmar que el término «Ética» como sustantivo se reserva normalmente y de hecho para la ciencia que se refiere al estudio filosófico de la acción y conducta humana considerada en su conformidad o disconformidad con la recta razón; mientras que el término «moral» puede usarse para referirse de un modo global al objeto de estudio dé la ÉTICA (es decir, la ÉTICA estudia «lo moral»). Con este sentido utilizaremos aquí, en general, las palabras ÉTICA y moral. Sin embargo, también «Moral» se emplea como sinónimo de ÉTICA, a veces connotando unas mayores dimensiones religiosas. Se habla, p. ej., de ÉTICA o de «filosofía moral», o «ciencia moral», y también de «ética cristiana», «moral estoica», etc., de un modo indiscriminado. Para nuestro propósito basta retener la idea de que «ética» y «moral» remiten etimológicamente a un significado sustancialmente idéntico, con las distinciones que las respectivas lenguas originantes señalan.

La ÉTICA es el examen filosófico de la moralidad siendo, por tanto, una parte de la filosofía. La moralidad, por el contrario, es una cierta región o aspecto de la realidad: el de lo bueno y lo malo, de los valores y disvalores morales y de todo lo que a ello pertenece. El terreno de la moralidad incluye todos aquellos actos, actitudes y acciones personales que pueden ser portadores de valores o disvalores morales, todos aquellos bienes moralmente relevantes que nos imponen obligaciones morales, y también todas las leyes morales. La moralidad es una realidad objetiva que debe ser claramente diferenciada de su examen filosófico, que es la Ética.
… en el curso de la historia de la Filosofía, algunos filósofos, carentes de las dotes indispensables para conquistar la verdad -sed real por la verdad y un sentido reverencial hacia el ser-, han intentado el examen profundo de la moralidad sustituyendo esas dotes con actitudes superficiales o interesadas que les han llevado a errores que pueden calificarse lisa y llanamente de desastrosos. La ÉTICA puede y debe desarrollarse en un proceso orgánico que complete y perfeccione cada vez más las verdaderas investigaciones sobre la moralidad, pero este crecimiento posible y deseable no se produce de manera mecánica, debe haber una coherencia entre la vida y actitud personal y la verdad descubierta o mejor conocida, y en ello influye el uso que de su libertad moral haga el filósofo; por eso el progreso de la ÉTICA es el polo opuesto de un proceso evolucionista o automático.



Relación de la Ética con otras ciencias
La ÉTICA se relaciona en primer lugar con todas las ciencias cuyo objeto es el estudio del hombre: Antropología, Psicología, Sociología, Derecho, Teología moral.
La Antropología y la ÉTICA estudian las costumbres humanas. La Antropología estudia el origen y evolución de las costumbres humanas, sin emitir ningún juicio sobre su bondad o malicia moral, que es lo que interesa a la Ética. La Antropología da testimonio de la existencia de nociones morales entre los pueblos: la ÉTICA toma estos datos de la Antropología y critica el valor moral de estas nociones y de estas costumbres.
También la Psicología estudia el modo de obrar humano, pero mientras ésta estudia cómo obra de hecho el hombre, la ÉTICA estudia cómo debe obrar. Aun cuando se da una estrecha relación entre la salud mental o psíquica y la perfección moral, son cosas diferentes. Lo que motiva a un hombre a obrar bien o mal es distinto de la bondad o malicia del acto mismo. La ÉTICA precisa de los conocimientos que la Psicología le brinda sobre lo que constituye o impide la voluntariedad de los actos, pues donde no hay voluntariedad no puede haber moralidad, pero no se detiene ahí, sino que pasa a analizar la moralidad de esos actos voluntarios.
El hombre se realiza moralmente desde una situación concreta y un medio social determinado. De ahí que la ÉTICA necesite también de la Sociología, la Economía y la Política en cuanto estas ciencias proporcionan unos conocimientos sobre las instituciones sociales y políticas en que el hombre se inserta y sobre las condiciones económicas que ayudan o impiden la realización humana. Por otra parte, estas relaciones del hombre con su medio constituyen una fuente de deberes que la ÉTICA ha de precisar, procediendo a su análisis y fundamentación, pues la moralidad no se reduce a los modos concretos en que de hecho se objetiva el comportamiento humano en el medio que se produce. Pueden darse modos efectivos de conducta socialmente aceptados, que, sin embargo, resulten defectuosos desde el punto de vista de su valor moral e incluso incompatibles con él. La moralidad, individual o socialmente considerada, no es un mero reflejo de los usos individuales o sociales fácticamente dados. La moralidad es irreductible a pura constatación.
Asimismo la ÉTICA se relaciona con el Derecho. Ambas ciencias estudian el deber. Pero, mientras el Derecho estudia los hechos externos en cuanto susceptibles de ordenación y exigencia legal coercible, la ÉTICA estudia los hechos internos de la voluntad y en cuanto exigibles por la propia conciencia. También la ÉTICA habrá de contemplar el análisis moral del ordenamiento jurídico y las obligaciones morales que este ordenamiento jurídico comporta.
A su vez, lo moral viene dado en el hombre en estrecha conexión real, existencial y racional con lo religioso. De hecho, toda religión superior comporta una ÉTICA o Moral, en cuanto reconoce más o menos las exigencias y deberes del hombre y su finalidad, y en cuanto además prescribe determinados deberes y acciones de acuerdo con los principios religiosos sustentados (sobre la divinidad, su culto, etc.).








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Algunas formas de hacer ética

La ética emotivista de David Hume



En la historia de la filosofía, el primero en soltar las amarras de la ética con la realidad y divorciar esa unión de veinte siglos fue Hume (1711-1776). David Hume nace y muere antes que Kant, pero su pensamiento ético se entiende mejor si se estudia después de Kant. Una de las tesis esenciales de su empirismo ético es la imposibilidad de pasar del plano del «ser» al del «deber ser». Se trata de un postulado filosófico conocido como ley de Hume, porque fue él quien, en su Tratado sobre la naturaleza humana, insinuó que no era legítimo pasar del «es» indicativo al «debe» imperativo. Al entender la realidad como mero conjunto de hechos, Hume niega por exclusión los valores, pues no son hechos empíricos: «La distinción entre vicio y virtud», dirá, «no está basada meramente en relaciones de objetos, ni es percibida por la razón».
Como el deber no es un hecho empírico, que Juan tenga una deuda no significa que «deba» pagarla. Y, si el árbitro sanciona con expulsión, no existe el «deber» de abandonar el terreno de juego. Es fácil ver que la existencia humana muestra un ilimitado conjunto de hechos que son, a la vez, prescripciones. Cualquier promesa, contrato, ley o reglamento es, ante todo, un deber ser. Y ese deber no es puesto por la ética sino por la realidad. La misma actividad de la razón práctica se coloca espontáneamente en el plano originario del más universal de los deberes: hacer el bien y evitar el mal. Por lo dicho, la «ley de Hume» constituye un reduccionismo pintoresco que choca con la evidencia.
La «ley de Hume» tiene una parte de verdad. Entre los hechos empíricos y los valores hay una distancia evidente. Pero esta verdad se distorsiona cuando no se admite otro conocimiento que el de los juicios empíricos, del estilo «el agua hierve al alcanzar los cien grados». Del hecho de que «este reloj es impreciso y se estropea con frecuencia», se sigue la valoración verdadera «es un mal reloj». El reloj es una realidad funcional, es decir, designa un objeto que tiene una función propia. Si el hombre tiene una función propia, que no hace indiferentes todos sus actos, entonces existe un fundamento para valorar su conducta…
En sentido literal, la ética empirista da un doble salto mortal. Primero prescinde de la realidad como fuente de eticidad, y el deber marcha a la deriva de la autonomía absoluta. Suprimida la realidad, el segundo salto consiste en reducir lo ético a lo emocional. Toda valoración moral va a consistir no en un juicio sino en un impacto emocional. Así lo explica Hume en su Tratado de la naturaleza humana
«Todo lo que contribuye a la felicidad de la sociedad merece nuestra aprobación», escribe Hume. Por eso su ética se denomina emotivista y utilitarista: es bueno lo que nos produce sensación de agrado y es útil para todos; es malo lo contrario. El nuevo criterio de conducta es el sentimiento, y la universalidad de la ética queda salvada si declaramos que los sentimientos son tan universales como la razón. El problema lo plantean los sentimientos mayoritarios equivocados. A Hume le diríamos que un mayoritario sentimiento de odio hacia los negros no convierte a los negros en malas personas, y que una mayoritaria simpatía hacia los nazis no los convierte en buenos. En realidad, sólo podemos reconocer sentimientos no fiables cuando disponemos de un criterio fiable. Sólo podemos condenar con justicia al racista y al neonazi desde un criterio independiente del sentimiento.

La ética del consenso
Aunque está claro que la mayoría no es infalible, que de hecho comete errores serios e irreparables, también es cierto que en una sociedad pluralista, con divergencias en cuestiones fundamentales, es necesario un esfuerzo común de reflexión racional: por el diálogo al consenso y a la convivencia pacífica. Siempre el diálogo es mejor que el monólogo. La sabiduría popular sabe que hablando se entiende la gente, y que cuatro ojos ven más que dos. Pero Antonio Machado escribió que, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Su poética exageración esconde una advertencia: que la conducta ética podría establecerse por mayoría siempre y cuando esa mayoría sustituyera la embestida por la mirada respetuosa sobre la realidad.
Las éticas del consenso se basan en el diálogo. También se llaman procedimentales porque piensan que lo justo sólo puede ser decidido cuando se adopta el consenso como procedimiento. Apel y Habermas consideran que si las normas afectan a todos, deben emanar del consenso mayoritario… En realidad, el consenso es legítimo cuando todos aceptan normas básicas de conducta moral. Aceptar normas básicas de conducta moral quiere decir, entre otras cosas, que el debate no es el último fundamento de la ética, pues un fundamento discutible dejaría de ser fundamento. En este sentido dice Aristóteles que, quien discute si se puede matar a la propia madre, no merece argumentos sino azotes.
La ética sólo se puede fundamentar sólidamente sobre principios no discutibles. Sin embargo, el reconocimiento de valores morales absolutos se encuentra hoy bajo sospecha. La objeción más frecuente aduce que la moralidad es siempre subjetiva. Esta objeción olvida el reconocimiento universal, por evidencia objetiva, de los valores recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, de 1948… La responsabilidad materna, dice Spaemann, no se funda en una predisposición sentimental, ni en un principio teórico, sino en una percepción esencialmente verdadera: dado que el niño necesita de la madre, la madre se debe a él, sin otros razonamientos ni necesidad de consensos.
La aceptación de normas básicas de conducta también implica rechazar una argumentación puramente estratégica, interesada o ideológica. En el famoso cuento de Andersen, entre los que alaban los vestidos del rey hay un consenso absoluto, pero todos mienten. Un solo individuo, y además niño, tiene razón frente a la mayoría: «El rey va desnudo.» Ante la posibilidad de mentir, las éticas dialógicas piden como condición necesaria que el debate esté integrado por sujetos imparciales, bien informados y rigurosos en la reflexión. Casi como pedir la Luna, pues ni siquiera en Atenas la asamblea más democrática de la historia consiguió esa utópica integridad. Sócrates, el mejor de los atenienses, murió condenado por sus sabios y envidiosos compatriotas. Parecían, dijo el acusado, un grupo de niños manipulados por la promesa de unos dulces. Y también dijo que es una postura inocente pensar que la justicia emana de la mayoría, pues es someterse a quienes pueden crear artificialmente el consenso con los medios que tienen a su alcance.
Para garantizar la limpieza del procedimiento, Apel pide a los dialogantes que piensen con rigor y no vayan interesadamente a lo suyo. Rawls, más optimista, da por supuesto que, al aplicar los procedimientos, todos los implicados actuarán con justicia. Habermas, menos ingenuo, es consciente de que los consensos pueden ser injustos; por eso acepta que sólo en una situación ideal de comunicación podrían resultar equivalentes el consenso y la legitimidad. Pero llegar a esa situación ideal requeriría una educación ideal y un comportamiento ideal por parte de la mayoría: algo -por lo que comprobamos a diario- reservado al mundo platónico de las Ideas. Sin embargo, es preciso tender a esa situación ideal, y ésa es la meta de la ética aplicada, especialmente vigente en la medicina, la empresa, la ciencia, la información, la ecología y la política.

La ética realista
Todos están de acuerdo en que la ética trata del deber ser. Otra cosa es el "mecanismo" para definir, acotar o como quiera decirse ese "deber ser". La ética realista es la que funda el deber ser en el ser, o como dice muy claramente Millán-Puelles, "el contenido de nuestros deberes tiene su fundamento general e inmediato en la realidad de lo que somos".
Una ética, pues, fundada en la metafísica, o ciencia del ser. No en la antropología cultural, ni en la sociología, ni en la voluntad política de unos pocos, sino en lo que somos, en lo que es cada hombre. Millán-Puelles se obliga, con esta decisión, a contar con todo lo que el hombre es y, por tanto, también con los impulsos, con las tendencias, con los instintos; y, en las acciones humanas, a contar con todas las circunstancias que a veces modifican profundamente la sustancia ética.
Una ética realista es, por tanto, una ética con los pies en el suelo: "No cabe que para el yo humano sea auténticamente bueno lo disconforme con su peculiar naturaleza".
http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=2638







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